Page 207 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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precavido,  pudiera  estar  por  una  vez  tan


            manifiestamente  del  lado  de  los  demonios  y



            encontrara un horrible placer en los tormentos de


            un afligido prójimo. Aparte, yo luchaba contra esta


            diabólica  dificultad  y  me  esforzaba  por  hallar  la


            solución;  pero,  sin  la  más  ligera  pista,  estaba


            acosada por el misterio y la contradicción. No veía


            nada  que  pudiera  ayudarme  y  empecé  a


            preguntarme  si,  después  de  todo,  no  me  había



            librado de la blanca niebla del suburbio a un precio


            excesivamente alto. Insinué al profesor algo de lo


            que  pensaba;  dije  lo  bastante  como  para  hacerle


            saber  que  estaba  sumida  en  la  más  absoluta


            perplejidad, pero un momento después lamenté lo


            que había hecho al ver que su rostro se retorcía en


            un espasmo de dolor.


              —Mi querida señorita Lally —dijo—, ¿no estará


            tal vez pensando en dejarnos? No, no, no lo haría.



            No  sabe  cuánto  me  fio  de  usted,  cómo  avanzo


            confiadamente seguro de que usted está aquí para


            velar  por  mis  hijos.  Es  usted,  señorita  Lally,  mi


            retaguardia,  pues,  déjeme  decirle,  el  asunto  que


            me tiene tan ocupado no está del todo desprovisto


            de peligro. No habrá olvidado usted lo que le dije


            la primera mañana; mis labios están sellados por



            una antigua y firme resolución de no manifestar


            hipótesis  ingeniosas  o  vagas  conjeturas,  sino

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