Page 206 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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sólo  unos  pocos  pies  de  donde  estaba  sentada;


            anhelaba  escaparme  al  bosque  en  busca  de  la



            claridad solar, pero temía las visiones con las que


            podía  cruzarme por el  camino. Por  fin,  mientras


            cogía nerviosamente el tirador de la puerta, oí la


            voz  del  profesor  Gregg  que  me  llamaba


            alegremente.


                —Ya pasó todo, señorita Lally —dijo—. El pobre


                se ha recobrado y he dispuesto que duerma aquí



                 a partir de mañana. Quizá pueda hacer algo por


                                                                                                          él.


              » Sí —añadió poco después—, fue una visión muy


            penosa  y  no  me  extraña  que  se  haya  alarmado.


            Podemos esperar que bien alimentado se repondrá


            un poco, pero me temo que nunca se curará del


            todo.


              Y afectó el aire lúgubre y convencional con que se



            suele  hablar  de  las  enfermedades  incurables;


            aunque, debajo de él, yo percibía el placer que se


            agitaba con violencia en su interior y luchaba por


            expresarse. Era como mirar a la superficie del mar,


            clara e inmóvil, y ver debajo insondables abismos


            y un tumulto de olas pugnando entre sí. Realmente


            me torturaba y ofendía que este hombre, que tan



            generosamente me rescató de la misma muerte y


            que se mostró en todas las relaciones de su vida


            lleno de benevolencia y piedad, y afectuosamente

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