Page 215 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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con una expresión de horror en el rostro, dando un


            portazo al irse.



              Miré  vagamente  sorprendida  en  torno  a  la


            habitación,  sin  darme  cuenta  del  todo  de  lo  que


            había sucedido, haciendo vanas conjeturas a modo


            de explicación y admirándome de que una simple


            palabra y el trivial cambio de un adorno pudieran


            remover  aguas  tan  estancadas.  «  No  tiene


            importancia» , reflexioné, « he debido de tocarle



            algún  punto  sensible;  tal  vez  el  profesor  sea


            escrupuloso y supersticioso aun en cosas baladíes


            y  mi  pregunta  puede  haber  violentado  miedos


            inconfesables, como si alguien mata una araña o


            derrama sal delante de una típica mujer escocesa»


            . Estaba inmersa en estas afectuosas sospechas y


            empezaba  a  enorgullecerme  un  poco  de  mi


            inmunidad  frente  a  semejantes  miedos  inútiles,


            cuando  la  verdad  cayó  pesadamente  sobre  mi



            corazon  como  un  plomo,  y  tuve  que  reconocer,


            helada de terror, que alguna atroz influencia había


            estado  actuando.  El  busto  era  sencillamente


            inaccesible; sin una escalera nadie podía moverlo.


              Fui  a  la  cocina  y  hablé  con  la  doncella  lo  más


              sosegadamente que pude.



              —¿Quién  ha  movido  ese  busto  de  lo  alto  de  la


            alacena, Anne? —le dije—. El profesor Gregg dice





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