Page 338 - La Penúltima Verdad - Philip K. Dick
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La penúltima verdad Philip K. Dick 338
caso particular tan sólo, una aceleración de los procesos
naturales.
‐Por supuesto ‐dijo Nicholas‐, será usted bienvenido.
Por lo que le oí decir en casa de Lantano, entiendo que
aquí está como sobre ascuas; esto se ha convertido para
usted en un infierno.
‐Sí, un infierno ‐repitió Adams. En efecto, para él
aquello era el lugar donde ardían las almas condenadas;
el fuego eterno, las llamas del Averno, los carbones
encendidos, los pozos creados por la guerra trece años
atrás... él lo había vivido, primero bajo la llama
abrasadora de la guerra, después bajo esta otra forma... la
niebla fría e insidiosa, y luego también bajo el nuevo y
más terrible aspecto: el fuego interior que le atormentaba
con intensidad desconocida desde que se enteró de la
muerte de Verne Lindblom.
‐Tendrá que acostumbrarse al confinamiento y al
hacinamiento que hay allí abajo ‐le dijo Nicholas mientras
ambos se dirigían al volador, seguidos por los robots de
Adams‐. Y no podrá traerse a esos ‐señaló con un gesto a
la hilera de hombres mecánicos‐; tiene que venir solo. Allí
tenemos muy poco espacio disponible; de hecho, en mi
vivienda compartimos el cuarto de baño con otra
familia...
‐No importa ‐dijo Adams. Estaba de acuerdo con todo.
Prescindiría hasta del último de sus robots, renunciaría
también a esto y aún se daría por satisfecho. Y... le
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