Page 344 - La Penúltima Verdad - Philip K. Dick
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La penúltima verdad                           Philip K. Dick   344


              ‐No podemos salir de aquí, señor presidente. Ninguno

           de nosotros.


              ‐¿Quién lo dice? ‐preguntó Nicholas, tras una pausa.

              ‐Pues lo dice Carol ‐repuso Haller‐. Pensando en usted

           y  en  la  peste  de  la  bolsa,  el  mal  del  encogimiento  o


           cualquier  otra  contaminación  bacteriana  que  usted ‐e

           indicó con un gesto a Adams‐ o su acompañante pudieran

           traer. Y teníamos que quedarnos aquí, al pie del túnel, por


           si el que activase la alarma no fuera usted sino... ‐titubeó‐

           . Bien, el caso es que teníamos que estar aquí dispuestos a

           cualquier  eventualidad,  o  para  darle  la  bienvenida.


           Aunque no hubiese traído el artiforg. Porque, al fin y al

           cabo, se jugó la vida por intentarlo.


              Bajó la vista con embarazo.

              ‐Sí; usted se jugó la vida ‐asintió Jorgenson.

              Nicholas respondió con acritud:


              ‐Bajo  amenaza  de  hacerme  volar  en  pedazos,  y  a  mi

           familia conmigo.


              ‐Es posible ‐admitió Jorgenson‐, pero la realidad es que

           usted  fue  y  encontró  lo  que  buscaba,  sin  limitarse  a

           asomar la cabeza fuera del agujero para escurrirse otra


           vez abajo y decirnos: «Lo siento, amigos, no hubo suerte».

           Nada  le  habría  impedido  hacerlo,  porque  nosotros  no

           hubiéramos  podido  demostrar  nada,  ni  acusarle  de  no


           haberlo intentado.

              Ahora  todos  parecían  avergonzados.  Tenían  un

           complejo  de  culpabilidad,  se  dijo  Nicholas.  Se




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