Page 234 - Limbo - Bernard Wolfe
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ceder ante el ataque de los dientes metálicos. De



            un  momento  a  otro  sus  patas,  sus  zarpas,  sus


            brazos, iban a ceder como quebradizos bastones,


            y  él  caería  de  bruces  en  el  abismo,  sin  ningún


            futuro, acabado para siempre, sin poder volver a


            utilizar escalpelos ni fórceps ni las cosas que los


            hombres sujetan con sus manos cuando trabajan


            y no juegan. Como las agujas hipodérmicas. Una



            trompeta sollozante, estrangulada, empapada en


            lágrimas, comenzó a sonar a lo lejos. Seguramente


            Satchmo, soplando con todas las fuerzas de sus


            entrañas  en  el  coro  de  «Four  Or  Five  Times»,


            mientras algo, un resonante reloj, un metrónomo,


            martilleaba  ensordecedores  latidos  que  hacían


            que la atmósfera temblara como un terremoto.



                  La pesadilla no terminaba.


                  —¡Abajo la altura, arriba la anchura! —estaba


            gritando  Theo,  feliz,  mientras  cortaba  y



            aserraba—.  ¡Abajo  los  rascacielos,  arriba  el


            horizonte!  ¡Abajo  la  montaña,  arriba  el  mar!


            ¡Abajo los altos, arriba los bajos! ¡Acabemos con


            esa maldita y arrogante verticalidad suya!


            ¡Quitémosle las manos al bastardo, al Smuts,


            dejémosle desarmado! ¡Convirtiéndoselas en


            muñones!



                  Louis  estaba  cantando  un  blues:  Papá,  cómo


                                                                                                      234
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