Page 270 - Anatema - Neal Stephenson
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sido suficiente. El cuatro podría haber bastado, pero me
había asignado el cinco por si yo resultaba ser una de esas
personas a las que se les daba bien memorizar números.
El auto de amanecer —al que sólo asistían un puñado de
avotos especialmente dados a las ceremonias— me
despertaba todas las mañanas. Recogía el paño del palé de
madera que era el único mueble de la celda y me envolvía
en él. Meaba en un agujero del suelo y me lavaba con agua
fría en una pileta de piedra, me comía el pan y me bebía la
leche, dejaba los platos vacíos en la salida, me sentaba en
el suelo y, sobre el palé, ponía el Libro, una pluma, un
frasco de tinta y algunas hojas. Mi esfera me servía para
descansar el codo derecho. Trabajaba tres horas, luego
hacía otra cosa, sólo para despejarme la cabeza, hasta
Provenir. Después, mientras Lio, Jesry y Arsibalt daban
cuerda al reloj, yo hacía flexiones y sentadillas. Mi equipo
trabajaba más y se hacía más fuerte a causa de mi ausencia,
y no quería estar débil al salir.
Mis compañeros debían de haber empleado algún
método para deducir en qué celda me encontraba, porque
después de Provenir celebraban un picnic en el prado,
justo bajo mi ventana. No se atrevían a alzar la vista ni a
saludarme —Trestanas debía de estar mirándolos furiosa,
esperando precisamente que cometieran tal error—, pero
empezaban cada almuerzo alzando las jarras de cerveza
en honor de alguien y bebiendo hasta el fondo. Capté el
mensaje.
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