Page 715 - Anatema - Neal Stephenson
P. 715

medida que nos movíamos: un sónico. La segunda regla


          era  que  jamás  confiara  mi  vida  a  un  trineo  que  no  lo

          tuviese. Empleaba ondas sonoras para comprobar que en

          el hielo no hubiera grietas ocultas. Las largas orugas de la


          máquina  podían  saltar  la  mayoría  de  las  grietas,  pero

          algunas se la podían tragar entera junto con todo lo que

          arrastrase.


            Le pregunté al conductor adonde se dirigía.

            —A Kolya —respondió. El tren más largo se dirigía a otro

          lugar  llamado  Imnash.  El  siguiente  rompehielos,  lo


          sabíamos bien, partiría de Kolya al cabo de treinta y una

          horas. Por tanto, tras acordar el precio, tiré la mochila en


          el trineo y me convertí en el tercer pasajero. Siguiendo la

          costumbre, le pagué al conductor por adelantado la mitad

          de  la  tarifa  y  me  quedé  con  la  otra  mitad,  que  pagaría


          llegado a mi destino. Durante un cuarto de hora maniobró

          para mantenerse en paralelo al tren y logró recoger a un


          pasajero más en el lado derecho. Para entonces ya no había

          nadie  en  las  pasarelas.  Todos  los  pequeños  trenes  de

          trineos se separaron del grande como si hubiesen recibido


          la  misma  señal.  Estimé  que  debíamos  de  estar

          acercándonos  al  puesto  de  avanzada  donde  los

          inspectores subirían.


            A  cincuenta  pies  de  distancia  apenas  podíamos  ver  el

          gigantesco  tren;  a  los  cien  era  invisible.  Un  minuto

          después incluso el rítmico latido de su planta de energía







                                                                                                          715
   710   711   712   713   714   715   716   717   718   719   720