Page 721 - Anatema - Neal Stephenson
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movernos de nuevo. Comprobé la hora y me asombró ver


          que habían pasado dieciséis horas. Había dormido ocho o

          diez. No era de extrañar que estuviese tan rígido. Brajj se

          desplazó y nuestro trineo se llenó de una intensa luz gris


          proveniente de todas partes. La tormenta había cedido, no

          había nieve en el aire, pero las nubes seguían cubriendo el

          cielo. Aunque nos habíamos detenido en la ladera de una


          montaña,  la  superficie  era  razonablemente  llana…  una

          especie de camino para trineos, pensé, que recorría el paso

          que nuestro conductor hubiese decidido tomar.


            Brajj no parecía deseoso de salir. Yo me levanté y fui a

          pasar  sobre  sus  piernas  estiradas,  pero  él  alzó  la  mano


          para detenerme. Un momento más tarde oímos una serie

          de golpes de la máquina seguidos de ruidos de algo que

          se  separaba  y  se  rompía,  como  si  la  puerta  se  abriese


          quebrando  una  capa  de  hielo.  Unos  pies  bajaron  la

          escalera de acero y pisaron la nieve. Brajj bajó la mano y


          apartó  las  piernas:  yo  podía  moverme.  Sólo  entonces

          recordé  la  advertencia  de  Sammann  de  que  no  debía

          permitir que mis pies tocasen el suelo, no fuese a ser que


          me  abandonasen.  Brajj,  que  aparentemente  ya  había

          pasado antes por eso mismo, sabía que no era prudente

          salir del vehículo hasta que el conductor no hubiese salido


          del suyo.

            En el Ochenta y Tres habíamos invertido en gafas para la

          nieve. Me las puse y bajé del trineo. Me encontré con un


          desconocido,  de  pie  en  la  nieve  junto  a  la  máquina,



                                                                                                          721
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