Page 278 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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de nuevo, como ninguna otra cosa hubiera podido hacerlo,

         los  ancestrales  terrores  raciales  que  durante  tantos  años

         venían  paralizando  la  voluntad  de  la  raza  humana.  Al


         mirar a su amigo Alvin comprendió de inmediato cuáles

         eran los pensamientos que estaban pasando por su cerebro.

         Por primera vez en su vida admitió que existen fuerzas en


         la  mente  humana  sobre  las  cuales  el  individuo  no  tiene

         control. Y se dio cuenta de que el Consejo, realmente, era

         más merecedor de piedad que de reproche.

                En un silencio total, la nave se alejó de la torre. Rorden


         pensó  que resultaba extraño  que por segunda vez en su

         vida se estuviera despidiendo de Alvin. Hasta entonces el

         cerrado mundo de Diaspar sólo conocía un «adiós» y éste

         siempre era para toda la eternidad.


                La nave espacial era sólo una sombra oscura contra el

         fondo azulado del cielo y, de repente, Rorden la perdió de

         vista por completo. No la había visto desaparecer, pero de


         pronto oyó el eco, desde el cielo, del más aterrorizador de

         todos los sonidos que el hombre jamás llegó a producir: el

         prolongado  y  estruendoso  tronar  del  aire  al  penetrar,

         kilómetros  y  kilómetros,  en  un  túnel  que  surcara


         repentinamente el firmamento.

                Incluso cuando el último eco de aquel tronar murió en

         la distancia, Rorden continuó inmóvil. Estaba pensando en

         el muchacho que se había marchado, preguntándose, como


         ya  hiciera  tantas  otras  veces,  si  alguna  vez  llegaría  a




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