Page 280 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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semicírculo había tres bajos sofás. El resto de la cabina
estaba ocupado por dos mesas, unas sillas de aspecto muy
cómodo y algunos curiosos instrumentos y aparatos que,
de momento, Alvin no estaba en condiciones de identificar.
Una vez que se puso cómodo frente a la pantalla dirigió
la vista en torno suyo para localizar a sus robots. Con
sorpresa vio que habían desaparecido, aunque
seguidamente los localizó situados, inmóviles, como
descansando, a bastante altura cerca del techo curvo de la
estancia. Su acción había sido realizada de manera tan
natural que Alvin comprendió de inmediato el propósito
para el que habían sido creados. Recordó al Robot Maestro.
Éstos eran los intérpretes sin los cuales ninguna mente
humana, no entrenada especialmente para ello, podría
controlar una máquina tan compleja como una nave
espacial. Fueron ellos lo que llevaron al Maestro a la Tierra
y después, como sus más fieles sirvientes, lo siguieron
hasta Lys. Ahora, eones después de su viaje de ida a la
Tierra, como si todo ese tiempo inmenso no hubiera
transcurrido, estaban dispuestos a realizar de nuevo sus
deberes.
Alvin probó con una orden mental experimental y de
inmediato se encendió la pantalla que tenía frente a él,
como si de pronto recobrara la vida tras un sueño de siglos.
Ante él estaba la Torre de Loranne, curiosamente reducida
en la perspectiva, y situada a un lado. Otros intentos le
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