Page 27 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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—¿No es un engaño? ¿Realmente puede viajar en el
tiempo?
—Así es —dije, sosteniendo su mirada todo lo que
pude, porque quería que confiara en mí.
Era un hombre bajo y rechoncho, le temblaba el labio
inferior, su frente era ancha, tenía patillas finas y
orejas feas. Era joven, de unos veinticinco años, creo,
dos décadas menor que yo. Aun así, su pelo
desmadejado ya raleaba: Caminaba a saltos y
demostraba energía, pero parecía siempre enfermo:
sabía que sufría de hemorragias; de vez en cuando,
debido a un golpe en los riñones que recibió en un
partido de fútbol cuando trabajaba como profesor en
una escuela galesa olvidada de Dios. Aquel día, sus
ojos azules, aunque cansados, estaban llenos de su
habitual inteligencia y preocupación por mí.
Mi amigo trabajaba como profesor (en aquella época,
para alumnos por correspondencia); pero era un
soñador. En nuestras agradables cenas de los jueves
por la noche en Richmond, nos ilustraba con sus
especulaciones sobre el pasado y el futuro, y
compartía con nosotros sus ultimas reflexiones sobre
el análisis terrible y ateo de Darwin. Soñaba con el
perfeccionamiento de la especie humana. Era justo la
persona que desearía de todo corazón que mis relatos
de viajes en el tiempo fuesen ciertos.
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