Page 60 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
P. 60
estrellas, que ocupaba un cuarto del cielo. Era el Sol,
¡rodeado de una increíble cáscara!
Cuando se me pasó algo el miedo, decidí que mi
primera tarea debía ser asegurarme el regreso a casa:
debía colocar en posición la Máquina del Tiempo,
¡pero no lo haría en la oscuridad! Me arrodillé y palpé
en el suelo. La arena era dura y de grano fino. Escarbé
con el pulgar, y abrí un pequeño agujero donde
inserté la vela, confiando que en unos pocos
momentos se fundiese cera suficiente para
mantenerla en su lugar. Ahora tenía una fuente de
luz para realizar la operación, y las manos libres.
Apreté los dientes, respiré hondo, y luché con el peso
de la máquina. Metí muñecas y rodillas bajo la
estructura en un intento de levantarla del suelo —la
había construido para que fuese sólida, no fácil de
manejar— hasta que finalmente se rindió a mi asalto
y volvió a su posición. Una barra de níquel me golpeó
dolorosamente en el hombro.
Descansé las manos en el asiento, y sentí que la arena
de este nuevo futuro había estropeado el cuero. En la
oscuridad de mi propia sombra encontré los
indicadores cronométricos con un dedo —una esfera
se había hecho pedazos, pero el indicador en sí
parecía estar bien— y las dos palancas blancas con las
que podría volver a casa. Al tocar las palancas, la
máquina tembló como un fantasma, recordándome
60

