Page 62 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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y  era  difícil  decir  con  exactitud  qué  realidades


           avanzaban y cuáles retrocedían, o si alguna parte del


           conjunto de imágenes era verdaderamente «real».


           De  la  misma  forma,  en  medio  de  un  paisaje  en


           sombras,  sentía  que  la  descripción  del  mundo  que


           había  construido  se  volvía  nebulosa  y  débil,  y  era


           reemplazada  sólo  por  el  esquema  de  su  sucesora,



           ¡con más confusión que claridad!


           La  divergencia  de  las  historias  gemelas  que  había


           presenciado  —en  la  primera,  la  construcción  del


           mundo  jardín  de  los  Elois;  en  la  segunda,  la


           desaparición  del  Sol  y  la  aparición  de  ese  desierto


           planetario— me era incomprensible. ¿Cómo podían


           las cosas ser y luego no ser?



           Recordé las palabras de Tomás de Aquino: «Dios no


           puede hacer que lo ya pasado no haya sido. Es una


           imposibilidad mayor que resucitar a los muertos...»


           ¡Yo  también  lo  había  creído!  No  soy  dado  a  las


           especulaciones  filosóficas,  pero  siempre  había


           considerado  el  futuro  como  una  extensión  del


           pasado:  fijo  a  inmutable,  incluso  para  Dios,  y  por


           supuesto para la mano del hombre. El futuro para mí


           era como una enorme habitación, fija y estática. Y en



           el  mobiliario  del  futuro  podía  yo  explorar  con  mi


           Máquina del Tiempo.


           Pero había descubierto que el futuro podía no ser algo


           fijo, ¡sino algo mutable! Si así era, pensé, ¿qué sentido


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