Page 86 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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cuenta las necesidades simples de mi cuerpo: hambre
y sed las primeras.
Volví, agotado, al cono de luz. La presión en la vejiga
se había incrementado. Con resignación cogí el cubo
que me habían dado, penetré un poco en la oscuridad
—por recato, ya que sabía que los Morlocks estarían
observándome— y cuando terminé lo dejé allí, lejos
de mi vista.
Examiné la comida de los Morlocks. Era una visión
triste: no parecía más apetitosa que antes, pero yo
seguía igualmente hambriento. Levanté el tazón de
agua —tenía el tamaño de un tazón de sopa— y me
lo llevé a los labios. No era una bebida agradable —
tibia y sin sabor, como si le hubiesen quitado todos
los minerales— pero estaba limpia y me refrescó la
boca. Saboreé el líquido en la lengua durante unos
segundos, vacilando ante aquel obstáculo final;
luego, deliberadamente, la tragué.
Unos minutos después no había sufrido ningún
efecto pernicioso que pudiese detectar, y tomé algo
más de agua. Mojé también la punta del pañuelo en
el tazón y me limpié manos y frente.
Me volví hacia la comida. Cogí una tableta verdosa.
Mordisqueé una esquina: se rompió con facilidad, era
verde también en su interior, y se desmigajó un poco
como el queso Cheddar. Los dientes se hundieron
con facilidad en su sustancia. En lo que respecta al
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