Page 104 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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las  conversaciones  que  mantenía  con  ellas.  Era,

            fundamentalmente,  un  observador.  ¿Qué  otra  cosa


            podía  ser  alguien  sin  raíces?  La  gente  de  su  edad

            empezaba  a  pasar  más  tiempo  reviviendo  el  pasado

            que contemplando el presente; él no podía disfrutar de


            ese lujo. Y si su problema era una enfermedad que ni él

            mismo sospechaba y su amnesia se volvía a reproducir,


            al menos podría consultar sus cuadernos y saber quién

            había sido durante los últimos seis arios.


                  Ahora  escribió  sobre  la  muchacha  con  la  que

            acababa de hablar. Agatoclea. A ella no le gustaba su


            propio nombre y cuando discutía con su aya insistía en

            que  la  llamara  Clea;  Néstor  lo  sabía  porque  los

            mamparos de la nave eran indiscretos.



                  Primero la definió: ojos verdes, pelo rojo como el

            cobre,  nariz  respingona  y  mejillas  pecosas.  Un  tanto

            delgada para considerarla hermosa, aunque a Néstor


            no  le  importaba;  la  opulencia,  no  era  de  su  agrado.

            Vivaracha,  algo  atolondrada,  orgullosa  y  con  mal


            pronto. No acababa de verla como consorte del gran

            hombre. ¿Cambiaría mucho? Su padre, Agatocles, era

            un  monarca  de  pega,  un  hombre  que  había  sido


            alfarero  antes  que  tirano  y  que  luego  se  había

            nombrado a sí mismo rey. Un tipo inteligente, sin duda,

            pero  no  llevaba  en  las  venas  esa  distinción  que


            Alejandro había mamado de niño y que iba cuajando a



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