Page 105 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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lo largo de muchas generaciones de trabajar poco y ser

            obedecido. Eso se notaba en su hija. Mientras hablaban,


            Néstor la había visto rascarse la cadera con disimulo un

            par de veces, y también más abajo: en la vida se habría

            imaginado  actuando  así  a  las  demás  esposas  reales,


            como Nebet, Estatira, la encantadora Barsine o incluso

            la bárbara Roxana.


                  Tal vez Clea aprendería a ser solemne y mayestática,


            a no rascarse el trasero, a no dirigirse a los demás sin

            que se lo pidieran ni hacer preguntas inoportunas. Pero

            sería  una  pena  que  perdiera  aquella  deliciosa


            espontaneidad,  se  dijo  Néstor,  y  volvió  a  llenarse  la

            copa. Soy Néstor, el médico de Alejandro, el hombre

            que le salvó la vida en Babilonia.



                  Se despertó con la boca pastosa, tendido en la cama.

            Ni siquiera se había quitado las sandalias. Se incorporó

            y comprobó que la jarra de vino estaba en el suelo; pero


            la mancha de la alfombra era pequeña, lo que quería

            decir  que  el  resto  se  lo  había  bebido  él.  Se  levantó


            desorientado, sin saber qué hora podía ser. El barco se

            movía  mucho  más  que  antes,  y  por  encima  de  los

            crujidos del maderamen se podía oír el grave fragor del


            agua y el inquietante silbido del viento.


                  Néstor entró al bario para orinar el exceso de vino.

            Era la primera vez que viajaba en un barco en el que los

            camarotes, aunque sólo fuesen los de los pasajeros de



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