Page 108 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Néstor  recorrió  la  penumbra  de  la  crujía  central,

            seguido por las miradas curiosas y a la vez hostiles de


            los  remeros.  El  barco  daba  bandazos  cada  vez  más

            fuertes  y,  a  pesar  de  que  las  portillas  de  la  postiza

            estaban protegidas con pantallas de cuero, el agua se


            colaba a chorros por ellas.


                  Mientras seguía su paseo, el jefe de boga le salió al

            paso. Néstor se detuvo y aprovechó para agarrarse a un


            puntal de madera.


                  —Disculpa, señor. Es peligroso estar aquí con este

            tiempo.


                  —Quería cruzar a proa, pero siempre me pierdo en


            estos pasillos. ¡No quiero imaginar qué habría sido de

            mí en el laberinto de Creta!


                  A  ambos  lados  del  pasillo  corría  un  estrecho


            enrejado por el que se veía el piso de abajo. Néstor se

            agachó para mirar. La cubierta de remo inferior parecía

            atestada  de  gente,  pero  nadie  bogaba.  Néstor  tardó


            unos segundos en darse cuenta de que allí abajo no sólo

            se  hacinaban  remeros  en  taparrabos,  sino  también

            cientos de soldados macedonios. Mal tenía que estar la


            situación para que el capitán hubiera hecho bajar a los

            hombres  de  Sófocles.  Entre  el  viento,  el  agua,  los

            gruñidos de los remeros y el tambor era imposible oír


            lo que decían, pero se les notaba nerviosos; muchos se

            habían  quitado  los  petos  y  los  abrazaban  sobre  sus


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