Page 109 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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rodillas, seguramente temerosos de que el barco se
fuera a pique y sus pesadas corazas los arrastraran al
fondo.
Néstor se incorporó. El jefe de boga seguía
interponiéndose en su camino. Néstor miró hacia popa
y luego hacia proa.
—Estoy a mitad de camino. Creo que da igual que
salga por delante que por detrás. ¿Te importa?
El tipo se apartó con gesto severo. Néstor pasó a su
lado, tratando de mantener el equilibrio para no caer
encima de los remeros y hacer aún más violenta la
situación. Casi sin darse cuenta, pisaba siguiendo el
ritmo de la boga. En otros barcos en los que había
viajado usaban flautistas para marcar el compás, pero
en una nave tan grande como la Anfitrite recurrían a
dos forzudos cómitres que aporreaban sendos
tambores colgados de los baos que cruzaban el techo,
pues su sonido grave llegaba más lejos que el trino de
la flauta y viajaba de un casco a otro.
Por fin llegó a la escalera del otro extremo y subió
hacia la proa. Cuando apareció en cubierta respiró
hondo para limpiar los pulmones de su breve descenso
a los infiernos. Los remeros eran voluntarios que a
cambio de su trabajo cobraban más jornal del que
habrían ganado en muchas explotaciones agrícolas,
pero nadie podía envidiarlos.
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