Page 106 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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honor, tenían letrinas privadas. Después llamó a la
puerta que daba al tabuco de Boeto para decirle que se
iba, pero sólo le contestaron los ronquidos del criado.
Éste ha bebido más vino que yo, se dijo, y chasqueó la
lengua. No era una buena táctica contra el mareo.
Salió al pasillo. Los mamparos eran de madera, pero
los habían pintado de estuco, mientras que las vigas,
doradas y talladas con acanaladuras, parecían las
columnas de un templo. Todo el suelo estaba cubierto
de tapices y a cada dos pasos había lámparas de bronce
colgadas del techo. Néstor pensó que tal vez Alejandro
había ordenado que la Anfítrite viajara a Posidonia
para recibir a bordo a los embajadores romanos,
impresionarlos con el lujo y la magnitud de la nave y
así convencerles de que llegaran a un acuerdo sobre las
tierras de Campania.
Aguzó el oído. Más abajo sonaba un retumbar
rítmico y grave: el tambor de la sala de boga. De modo
que los remos estaban funcionando por fin. Decidió
que sería interesante ver cómo funcionaban.
Cuando bajó por la escala, un soldado le dio el alto,
pero un compañero que tenía al lado le dijo Alexandru
bilos, «es amigo de Alejandro», con esa manera tan
peculiar que tenían los macedonios de convertir la fi en
b, y le dejó pasar.
La primera sensación que asaltó a Néstor fue la de
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