Page 110 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Aunque el viento seguía siendo cálido, había
arreciado mucho. Néstor se acercó a la borda, tratando
de aplicar el truco que los marinos llamaban «piernas
de mar», y que consistía en no tensar las rodillas ni las
caderas para luchar contra los movimientos del agua,
sino en relajarlas y adaptarse dejándose llevar por el
vaivén del barco, en un peculiar anadeo que los
marineros avezados conservaban luego en tierra firme.
Se asomó sobre la amura. El mar se veía tan picado
que los remos pintados de ocre azotaban más veces el
aire que el agua. Las crestas estaban blancas y el viento
empezaba a levantar ráfagas de espuma. Las naves de
la escolta cabeceaban entre las olas y a ratos
desaparecían tras ellas. Tanto los transportes como los
barcos de guerra habían recogido velas y ahora
llevaban desplegada menos de la mitad del trapo.
Néstor levantó la vista hacia los mástiles de la Anfítrite.
Los marineros estaban bajando las vergas del palo
mayor y del antemón para aumentar la estabilidad de
la nave y habían recogido por completo la vela de
mesana.
La proa se levantó en el aire unos segundos y
después bajó de golpe más de ocho codos. Néstor sintió
cómo el estómago se le venía a la boca, y los pies le
resbalaron. Un marinero se apresuró hacia él y le
agarró por el brazo.
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