Page 111 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Debes tener cuidado, señor. Apártate de la borda.

            Lo mejor es que bajes a tu camarote.


                  —Necesito  aire  fresco.  Me  agarraré  bien.  Esta  ola


            me ha pillado por sorpresa.


                  Néstor se enderezó y se aferró con más fuerza a la

            regala.  Al  caer  en  el  seno  de  la  ola,  la  nave  había


            levantado un roción de espuma que saltó por encima

            de la borda y le empapó; pensó que si el agua había

            empezado a salpicar la cubierta de la Anfítrite, a doce


            codos  por  encima  de  la  línea  de  flotación,  las  olas

            debían  estar  barriendo  las  cubiertas  de  las  demás

            naves, que eran mucho más bajas.



                  La calima era ahora más gris, y lo teñía todo de una

            vaga luz perlina que embotaba los perfiles y se comía

            las  sombras.  Hacia  el  sur  se  habían  formado  unas


            nubes  negras  que  se  confundían  con  el  horizonte.

            Aquel  brillo  mortecino  y  difuso  tras  el  polvo  que


            enturbiaba  la  atmósfera  debía  de  ser  el  sol.  Néstor

            observó  la  dirección  de  las  olas  y  de  la  espuma  que

            cabalgaba sobre ellas: el viento venía del sur‐sureste,


            casi en paralelo al litoral, mientras que ellos trataban

            de remar hacia la costa.


                  –¡Es imposible! —oyó gritar a Hermolao. Néstor se

            volvió hacia la izquierda. El capitán volvía a discutir


            con Callas, pero esta vez le acompañaban el gramático,

            los dos oficiales de proa y el tercer piloto.


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