Page 182 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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aire, mientras dos hombres bajaban corriendo a dar la
alarma. Néstor les siguió con paso más cauteloso, pues
el camino tenía tramos vertiginosos que se asomaban
directamente sobre farallones verticales. Conforme
descendía, su horizonte se iba reduciendo, pero ahora
que sabía por dónde se movían aquellos destellos no
los perdió de vista. No tardaron en tomar cuerpo y
convertirse en figuras diminutas que salían del
pantano en varias hileras y empezaban a reorganizarse
en una zona más elevada y seca, a unos veinte estadios
de la playa. Por la forma en que se movían y formaban
filas, no se trataba de una horda desvencijada como la
que les había recibido al desembarcar, sino de tropas
regulares.
A fuerza de viajar con Alejandro, Néstor había
aprendido a calcular los contingentes militares desde
lejos. Allí podía haber tantos hombres como los que
llevaban ellos, unos seiscientos, pero además les
acompañaba una pequeña tropa de caballería. A pesar
de que el viento soplaba hacia el interior, le llegaron los
armónicos más graves de las tubas de guerra.
Considerando que estaban en territorio romano,
aunque fuera en un margen casi deshabitado, no dudó
en ningún momento que se trataba de legionarios.
El último tramo lo bajó corriendo, y a sus espaldas
oyó las pisadas de los soldados macedonios que le
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