Page 185 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de patadas mientras la sangre le manaba en borbotones

            espasmódicos.  Algunos  de  los  guardias  hicieron


            ademán de sacar sus espadas, pero su segundo oficial,

            un tipo flaco con barba de chivo, les dio una orden seca.

            Sófocles  se  acercó  a  él  y  ambos  hombres  se  miraron


            unos segundos. El mercenario acabó asintiendo con la

            barbilla y mandó a sus hombres que arrastraran lejos el


            cadáver. Después se volvió hacia Sófocles.


                  —¿Cuáles son tus órdenes?


                  —¿Cómo  que  cuáles  son  tus  órdenes?  —estalló

            Calias—.  ¡Ese  hombre  acaba  de...!  —¡Cállate  de  una

            vez, tío! —restalló Clea.



                  Todos se volvieron hacia la joven, que acababa de

            salir  del  pabellón  vestida  como  una  auténtica  reina.

            Llevaba una túnica verde de seda, una capa con ribetes


            de  armiño  cerrada  con  broches  de  oro  y  rubíes,  una

            rutilante  diadema,  brazaletes  hasta  el  codo,  los  tres


            collares  que  se  había  puesto  cuando  temió  que  la

            Anfítrite  naufragara,  gruesos  anillos  en  todos  los

            dedos,  ajorcas  en  los  tobillos  y  una  cadena  de  oro


            ciñéndole  la  túnica.  Néstor  pensó  que  aquella

            ostentación era más propia de una reina bárbara, como

            la legendaria Semíramis, que de una noble griega. Pero


            si la joven pretendía impresionar con aquella imagen

            de  majestad,  lo  consiguió.  El  propio  Calias  se  había

            quedado boquiabierto.



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