Page 184 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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pero más allá se veían grandes vellones de espuma en
las crestas, y el cielo seguía cubierto por un velo sucio
y gris—. El libico aún sopla con fuerza. Con este oleaje
la nave se hundirá. Tengo órdenes estrictas de
Alejandro y de tu cuñado. Mi primera misión es
proteger la Anfítrite.
—Esas órdenes no cuentan ahora —masculló
Calias—. Ahora yo soy el que da... —Tú ahora no eres
nadie —le cortó Sófocles—. Si sigues haciéndonos
perder el tiempo, ordenaré a mis hombres que te
encadenen.
El dorio siciliano que mandaba la guardia de Calias
se adelantó un par de pasos. —Eso será por encima de
mi cadáver, make.
Sófocles le miró de reojo.
—¿Tu cadáver? No me tientes, amigo. Lo mejor será
que tú y tus hombres os quedéis en retaguardia
protegiendo a vuestro señor. Dejad que a la guerra
juguemos nosotros. Sófocles se volvió, sin prestar más
atención al dorio. Éste se llevó la mano al pomo de la
espada, pero no le dio tiempo a hacer nada más. Con
una rapidez fulgurante, Sófocles desenvainó su alfanje
y, aprovechando el impulso del movimiento, se dio la
vuelta y le dio un tajo en el cuello que le seccionó a la
vez ambas carótidas. El mercenario retrocedió un par
de pasos, cayó de espaldas sobre la arena y dio un par
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