Page 187 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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su atavío.
—¿Es que estás pensando otra vez en tu entierro? —
le preguntó. Ella se ruborizó al recordar la noche de la
tormenta y contestó:
—No. Estoy pensando en lo que puede pasar si
derrotan a nuestros soldados.
—¿Por eso te has engalanado así? Para eso podrías
haber ido directamente al campo de batalla y gritar:
«¡Venid, romanos! ¡Soy una rica dama! ¡Quiero que me
violéis y me despojéis!». Ella le miró con una chispa de
furia en los ojos.
—Si esos romanos son inteligentes, cuando me vean
se darán cuenta que alguien que lleva encima tantas
joyas puede valer mucho más dinero como rehén. Y
cuando les diga que soy la esposa de Alejandro, no se
atreverán a tocarme. Pero necesito que se lo crean.
—Esperemos que al menos entiendan la palabra
«Alejandro». —Néstor le tomó la mano un instante—.
Siento haberte dicho eso. Lo que has pensado está bien.
De todas formas, los romanos no conseguirán atravesar
la muralla de sarisas. Puedes estar tranquila.
—¿Adónde vas?
Sin responder, Néstor se abrió paso entre los
guardias que cerraban el círculo. Tenía comprobado
que cuando alguien entra en un sitio o sale de él con
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