Page 186 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Fue Sófocles el primero en reaccionar.
—Vosotros —le dijo al oficial de los mercenarios—
os quedaréis protegiendo el campamento y a la mujer
del rey hasta que acabemos con los intrusos.
—¿Puedes prescindir de esos treinta hombres? —
preguntó Clea.
—No te preocupes, señora. Tenemos tantos
hombres como ellos, o quizá más, y somos pezétaroi.
Aunque ellos fuesen el doble que nosotros, los ejércitos
de Alejandro hemos vencido la mayoría de nuestras
batallas en inferioridad numérica. Ahora, si me
disculpáis todos, tengo una batalla que ganar.
Dicho esto, Sófocles se alejó dando zancadas para
reunirse con sus compañías. El nuevo jefe de la guardia
se quedó mirando a Calias, dudó unos segundos y por
fin se dirigió a Clea: —¿Qué hacemos, señora?
—Lo que os ha dicho el comandante.
A regañadientes, los guardias se desplegaron para
formar un círculo defensivo: eran mercenarios, pero
tenían su orgullo y como guerreros habrían querido
participar en el combate que se avecinaba.
En el interior del perímetro se guarecieron Calias,
su pequeño séquito, Clea y sus esclavas, unos veinte
civiles en total.
Néstor se acercó a Clea y observó con admiración
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