Page 189 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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más apropiados para tajar que para estoquear. Una vez
cerradas las grebas de bronce o de hierro en las
espinillas, se ajustaron en la cabeza las cofias
acolchadas y sobre éstas se calaron los yelmos frigios o
tracios que dejaban el rostro al descubierto. Desde
hacía tiempo, los macedonios habían abandonado el
viejo casco corintio que protegía toda la cara al precio
de convertir al hoplita en un autómata prácticamente
ciego y sordo durante la batalla.
Mientras los pezétaroi sacaban los escudos de sus
fundas de piel y los embrazaban, los artilleros
terminaban de ensamblar las sarisas. Una vez
encajadas las dos mitades y bien apretadas las
abrazaderas de hierro, se las pasaban a los hoplitas, que
las recogían fila por fila, las levantaban en el aire y las
colgaban de la cuja de cuero que llevaban cruzada del
hombro a la cadera. Aunque ya las había visto muchas
veces, Néstor volvió a pensar que eran impresionantes:
doce codos de madera de cornejo, dura y flexible, con
puntas de acero de dos palmos. Eran tan largas que al
agitarse en el aire silbaban con un ulular que ponía los
pelos de punta, como un pinar en una noche de viento.
Para blandir en combate esa arma que pesaba casi
un cuarto de talento, el hoplita debía aferrarla con
ambas manos, la derecha a dos codos de la contera y la
izquierda otros dos codos por delante. Eso dejaba ocho
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