Page 192 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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como uno de aquellos heraldos que contemplaban las

            batallas  en  tiempos  más  ceremoniosos  y  civilizados


            que los actuales. Entonces oyó el sonido de unos pies

            resbalando  entre  cascajos  y  se  volvió  alarmado.  Era

            Boeto, que trepaba hacia él a gatas.



                  —¿Qué haces aquí? Te he dicho que te quedaras.


                  —Tú  siempre  tienes  suerte  —respondió  el  focio,

            acalorado tras la carrera—. Donde estés tú, es el lugar

            menos peligroso. Eso seguro.


                  —Me  esperaba  un  encendido  discurso  sobre  la


            lealtad, pero vale igual. Vaya, has traído la bota de vino.

            Pásamela. ¡Siempre estás en todo!


                  Mientras ellos observaban, Sófocles desplegó a sus


            dos compañías juntas para ofrecer a los enemigos un

            frente de sesenta y cuatro escudos. Después repartió a


            los arqueros en los flancos en dos grupos de veinte. Por

            delante de ellos se extendía una zona de tierra arenosa

            y matojos con arbolillos dispersos, y unos tres estadios


            más allá se encontraban ya los enemigos, organizando

            sus  filas  sin  avanzar  más,  como  los  macedonios.

            Aunque no parecían más que ellos, contaban con una


            pequeña ventaja: un escuadrón de caballería de veinte

            o treinta jinetes.


                  Ninguno de los dos bandos parecía tener prisa. A


            Néstor no le extrañaba. Pese a las escuetas líneas con




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