Page 193 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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que Eumenes despachaba las batallas en sus
Efemérides Reales (»Nuestros hombres se enfrentan
con los tracios, desbaratan su formación, les ponen en
fuga y los aniquilan»), lo cierto es que eran largas,
sucias, ruidosas, sangrientas, frías. Sí, la sensación que
más recordaban los soldados heridos era la del frío del
acero penetrando en sus cuerpos. Tenías que armarte
de mucho valor para embestir contra las armas
aguzadas de los enemigos sabiendo que ellos estaban
calculando la forma de clavártelas mejor entre los ojos
o en los testículos. Por eso la mayoría de los soldados
se hartaban de vino antes de combatir; no por cobardía,
sino a sabiendas de que tenían que cumplir con su
trabajo y el vino les ayudaba a ello. El vino hace
desdeñar las consecuencias de los actos, o más bien
embota la imaginación de lo que puede pasar en el
futuro, sea inmediato o lejano. Y lo que menos debe
poseer un soldado es imaginación, porque le paraliza,
y lo peor que puede hacer es pensar en el futuro,
porque no tiene.
Sófocles paseó por delante de las tropas, que aún
mantenían las sarisas en alto y encajadas en sus bolsas
de cuero, una novedad ideada por el general Crátero
durante la última campaña de Grecia: con las cujas, los
brazos de los soldados no se cansaban en balde antes
de entrar en combate, y de paso las picas parecían aún
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