Page 195 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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mismo.


                  Como  buen  griego,  Boeto  era  aficionado  a  la

            estrategia de salón. Aún así tenía razón: puesto que las


            circunstancias  favorecían  de  momento  a  los

            macedonios,  había  que  aprovecharlas.  Pero  en  ese


            preciso  momento,  sonaron  las  tubas  y  los  romanos

            enarbolaron  sobre  sus  cabezas  unos  estandartes

            amarillos y púrpuras. De sus filas se adelantaron varios


            grupos  de  infantería  ligera,  cincuenta  o  sesenta

            hombres.  Iban  atinados  con  pequeños  escudos

            redondos y con venablos, y se acercaron corriendo a la


            falange  entre  gritos  y  aullidos  lobunos.  De  hecho,

            Néstor  habría  jurado  que  las  pieles  que  les  cubrían

            hasta la cabeza eran de lobo, aunque de lejos no podía


            asegurarlo.  Sin  llegar  a  acercarse  mucho,  aquellos

            escaramuceros  lanzaban  sus  jabalinas  y  se  daban  la


            vuelta. Los hoplitas, que aún tenían las sarisas en alto,

            se cubrieron con sus escudos, pero no les hubiera hecho

            mucha falta, ya que la mayoría de los venablos cayeron


            en tierra de nadie: los hombres—lobo no se atrevían a

            aproximarse  más  por  miedo  a  los  arqueros,  así  que


            disparaban  cuanto  antes  y  luego  huían  corriendo  en

            zigzag para esquivar las flechas. Aun así, unos cuantos

            quedaron  tendidos  en  el  suelo;  sus  compañeros  los


            recogieron  y  los  arrastraron  tras  las  filas  de  los

            legionarios.




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