Page 196 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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El hombre del penacho rojo desmontó de su caballo
y se puso delante, junto con sus hombres. Era evidente
que se disponían a avanzar, y Sófocles decidió que
había llegado el momento.
—¡SARISAAAAS... AL FRENTE!
Los hoplitas de la primera fila se pusieron casi de
costado para reducir su perfil, bajaron las sarisas hasta
la horizontal y gritaron «Aléxandros!». A continuación
lo hizo la segunda, y las puntas de sus picas se
proyectaron casi pegadas a las de sus compañeros
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mientras exclamaban «Nike!». La tercera fila volvió a
cantar «Aléxandros!», a lo que la cuarta respondió
«Nike!». Por fin, cuando los hombres de la quinta
colaron sus sarisas por el escaso hueco que les quedaba
y cantaron «Aléxandros!», toda la falange al unísono
rugió «NIKEEEE!».
Néstor se miró el antebrazo. Por muy pueril que
pudiera parecerle aquel alarde, siempre le ponía el
vello de punta. Al presenciar aquel espectáculo, los
guerreros que no eran griegos solían reaccionar de dos
maneras: o bien rompían filas y huían como conejos o,
si eran bárbaros que anteponía el coraje a todo lo demás
y de paso se habían atiborrado de vino, cerveza o leche
fermentada, cargaban a título individual entre alaridos
y, también a título individual, se ensartaban en las
4 ¡Victoria!
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