Page 197 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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puntas de acero.


                  Pero los romanos no hicieron ni lo uno ni lo otro.

            Las  tubas  volvieron  a  sonar  y  ellos  se  pusieron  en


            marcha,  marcando  el  paso  al  compás.  Conforme  se

            acercaban, Néstor pudo apreciar mejor las armas de los


            legionarios. Llevaban escudos ovalados y pintados de

            rojo que les cubrían desde la nariz hasta más abajo de

            las rodillas; por encima de ellos sobresalían las puntas


            de  sus  lanzas  y  sobre  sus  cabezas  ondeaban  largas

            plumas de colores.


                  —Es  increíble  —comentó  Boeto—.  Han  dejado

            detrás tropas de reserva.



                  Caminando a casi cien pasos por detrás de los otros

            iba otra unidad de infantería de línea, tal vez cincuenta

            o sesenta hombres. Néstor veía lógico que reservaran a


            los escaramuceros, y también a la caballería, ya que de

            momento  ésta  no  tenía  flancos  abiertos  por  los  que


            atacar.  Pero  ¿por  qué  apartar  también  a  esos  otros

            legionarios, cuando estaban en inferioridad numérica?

            Ahora que los romanos avanzaban en formación, era


            evidente  que  su  frente  no  superaba  en  anchura  al

            macedonio, y sólo tenían cinco filas de fondo por las

            ocho de la falange de Sófocles.


                  —Qué huevos —resumió Boeto.



                  Los arqueros de las alas griegas se adelantaron un




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