Page 199 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—PILA!


                  Los que corrían en cabeza se frenaron y arrojaron

            sus armas. Lo que Néstor había creído lanzas eran en


            realidad jabalinas que silbaron girando en el aire. Tras

            aquella andanada llegó otra, y otra más. Los romanos


            debían nacer ensayando esa maniobra tan complicada:

            cada  vez  que  un  soldado  arrojaba  su  proyectil,

            aprovechaba el impulso para desplazarse un paso a la


            izquierda y dejar hueco al siguiente hombre, quien, tras

            disparar a su vez, también se apartaba ofreciendo un

            pasillo  al  próximo.  Las  jabalinas  cayeron  sobre  los


            macedonios,  algunas  en  altas  parábolas  y  otras  en

            trayectorias más rectas y dañinas. Por fin se desataron

            los ruidos del combate: el impacto sordo y contundente


            del acero contra la madera, el rechinar más agudo del

            metal sobre el metal, los pies crujiendo en la arena, las


            voces de mando, los insultos, los aullidos. Néstor vio

            cómo en las primeras filas caían más hombres de los

            que se esperaba, y le inquietó observar que las puntas


            de las sarisas se movían a los lados y se trababan entre

            sí,  y  que  se  oían  más  gritos  de  perplejidad  y


            consternación que de dolor. Para su asombro, muchos

            hoplitas se desprendían de los escudos y los dejaban

            caer al suelo entre maldiciones.


                  Las  tres  unidades  romanas  que  habían  quedado


            rezagadas arrancaron a correr y lanzaron sus venablos



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