Page 200 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de la misma forma. Todo se desarrollaba a una
velocidad vertiginosa: cuando las tres formaciones del
segundo escalón no habían agotado aún sus
proyectiles, las tres primeras, espada en mano, ya se
estaban arrojando como suicidas contra las sarisas.
No, como suicidas no, se corrigió Néstor. Porque
ahora el enorme erizo de la falange presentaba calvas y
tenía muchas púas torcidas. Los romanos, agazapados
tras sus amplios escudos, los movían de un lado a otro
para apartar las puntas de las picas y aprovechaban los
huecos para llegar al cuerpo a cuerpo, o de lo contrario
esperaban con paciencia. Durante un rato fue difícil
apreciar lo que estaba pasando. Había un frente de
choque confuso, zigzagueante, y las sarisas de las
últimas filas ondulaban como mieses al viento sin
llegar a bajar del todo, porque no tenían espacio para
hacerlo. Mientras los macedonios y romanos que
estaban en contacto hacían chocar los escudos y
trataban de acuchillarse por encima y por debajo de
ellos, los soldados que se encontraban detrás
empujaban y jaleaban a los suyos e intentaban
aprovechar el menor hueco para pinchar a un enemigo
en los muslos o en las ingles.
—Ahí van los nuestros —dijo Boeto, señalando
hacia la zona derecha del campo.
Por allí un grupo de arqueros estaba moviéndose
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