Page 219 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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costa.  En  vez  de  entrar  en  él,  siguieron  cabalgando

            hacia  el  sur,  donde  se  divisaban  ya  las  murallas  de


            Posidonia.  Se  cruzaron  con  varias  patrullas  de

            exploradores,  mensajeros  y  forrajeadores  que  les

            gritaban  alegremente  al  pasar  e  intercambiaban


            chanzas  con  ellos.  Al  levantar  en  alto  su  lanza  de

            cornejo  para  saludarles,  Pérdicas  sintió  que  se  le


            erizaba el vello del antebrazo. ¡De nuevo en una guerra

            de conquista! Como la mayor parte del ejército, estaba

            harto  de  combatir  una  y  otra  vez  contra  los  mismos


            enemigos para evitar que se volvieran a rebelar.


                  —Espero que esos romanos sean al menos la mitad

            de  duros  de  lo  que  nos  han  dicho  —comentó  Ligio,

            como si le hubiera leído la mente.



                  Siguieron cabalgando en paralelo al mar. Entre ellos

            y el campamento macedonio se extendían unos trigales

            que,  ya  segados,  servían  ahora  como  terreno  de


            maniobras.  Varias  compañías  de  sarisas,  que  por  los

            estandartes  debían  de  pertenecer  al  batallón  de


            Elimiótide, practicaban variaciones, avances en cuadro,

            rombo  y  rectángulo  y  despliegues  en  ocho  y  en

            dieciséis filas, todo ello al son de las trompetas y las


            flautas dobles. Un poco más allá, los arqueros cretenses

            disparaban  sus  flechas  contra  dianas  de  paja  y

            espantapájaros  de  mimbre,  y  los  honderos  rodios


            destrozaban vasijas viejas puestas sobre los bardales de



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