Page 220 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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las tapias.
La formación de Compañeros giró a la izquierda y
entró en el campamento entre saludos y aclamaciones
de aquellos que reconocían a Pérdicas. El general se
volvió hacia Ligio.
—Encárgate tú de repartir a los hombres. Y que mi
sobrino no se pierda al menos antes de anochecer —
añadió, palmeando la espalda de Gavanes.
—¿Vas a presentarte ante Alejandro? —le preguntó
el joven, con los ojos brillantes de emoción.
—¿Lleno de polvo y apestando a sudor de yegua?
Ni lo sueñes, sobrino. ¡Nos veremos mañana!
Pérdicas, seguido tan sólo por un asistente, se
dirigió hacia la puerta norte de la ciudad. Allí el oficial
de guardia, un paisano de Orestis, le informó de que el
barco de su esposa había llegado la víspera. Estaba
alojada en casa de una viuda rica llamada Timandra,
no muy lejos del ágora y el edificio del buleuterión.
Guiado por un recadero, Pérdicas atravesó la calle
principal de la ciudad sin desmontar del caballo. Él
mismo se sorprendió al darse cuenta de que el corazón
le palpitaba de alegría ante la expectativa de ver a su
esposa.
Las cosas habían cambiado mucho desde Babilonia.
Al principio, cuando su intento de envenenar al rey
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