Page 223 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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al saber que había dejado a Roxana en Susa. Por su
abnegación al ofrecerse voluntario a circunnavegar
Arabia, Alejandro le ofreció la mano de su propia
hermana Cleopatra, una recompensa que Pérdicas
había deseado desde que era joven y a la que ya había
renunciado.
El guía le señaló que habían llegado ya a la casa.
Pérdicas desmontó y entró al vestíbulo. Allí estaba su
esposa, supervisando las tareas de los criados que
colocaban tapices, candelabros y trípodes de bronce.
—¡Cleopatra! —exclamó Pérdicas.
La hermana de Alejandro se volvió al oír su voz,
abrió sus enormes ojos turquesa y olvidándose por un
momento de todo protocolo acudió corriendo a su
encuentro.
—¡Has venido a verme a mí primero! —le dijo,
abrazándole con fuerza—. Alejandro te va a echar un
buen rapapolvo.
Pérdicas la apartó con gentileza.
—Estoy muy sucio. No quiero que te manches ese
vestido tan bonito.
Detrás de Cleopatra venía una mujer de unos
sesenta años, regordeta y de cabellos grises, que se
presentó como Timandra. Pérdicas le agradeció su
hospitalidad, aunque sabía que sólo en parte era
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