Page 227 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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montañas.  De  uno  de  esos  barones  se  contaba  que

            había ido a cazar ciervos con Cleopatra con la intención


            de que sufriera un accidente, un recurso antiguo y muy

            eficaz para solucionar problemas políticos y dinásticos.

            Misteriosamente,  fue  él  quien  volvió  boca  abajo,


            arrastrado  en  unas  angarillas  y  con  una  flecha

            asomándole  por  la  nuca.  Pérdicas  nunca  había


            conseguido  que  su  esposa  le  contara  la  verdad  de

            aquella  historia,  pero  conociendo  su  puntería  con  el

            arco no necesitaba hacer demasiadas conjeturas.


                  Volvió a apretarse contra ella, y entonces reparó en


            algo.  Los  pechos  de  Cleopatra,  pequeños  y  duros,

            estaban más hinchados que de costumbre. Le palpó la

            cintura y el vientre y le dijo:



                  —No estarás embarazada...


                  Ella asintió.


                  —¿Cómo ha podido ser?


                  Cleopatra se rió y le revolvió el pelo.


                  —Ay, ¿y me lo preguntas tú, Cabeza de Plata? —le

            dijo, utilizando un apodo que sabía que le molestaba.


            Desde  Babilonia,  el  cabello  de  Pérdicas  había

            encanecido  de  golpe.  Si  ése  era  todo  el  castigo  que


            debía pagar para saldar su culpa, lo daba por bueno.


                  —No me refiero a eso. Sabes que ya no...


                  —Chssss.  No  te  preocupes.  No  pasará  nada.  En


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