Page 226 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Macedonia y disfrutamos de privilegios que no están
al alcance de los demás. Mientras otros andan bajo el
sol enrollando balas de heno para las vacas, tú estás
aquí, bañándote desnudo con tu esposa. No necesitas
doblar el espinazo para vivir.
—¡Faltaría más!
—No me entiendes. Estamos muy por encima de las
miserias del pueblo y somos el espejo en el que ellos se
miran. Somos bienaventurados, Pérdicas. Sólo los
dioses viven mejor que nosotros. Tenemos que
aprovechar nuestra felicidad ahora que aún nos queda
juventud. Deja que sea mi hermano Alejandro quien
anhele y ambicione más por todos nosotros.
—¿Juventud? Habla por ti. Yo ya tengo cuarenta y
tres años. Ella le pellizcó el vientre, que seguía plano, y
después le acarició más abajo.
—Yo diría que estoy tocando a un hombre joven.
¿Por qué crees que no dejo que te bañen ni te vistan las
esclavas?
Pérdicas pensó en lo sensata que era su esposa.
Viéndola así, delgada, más bien baja y con una mirada
tan dulce y serena, nadie sospecharía que había
gobernado el reino del Epiro durante diez años y que
había sofocado con mano de acero todos los intentos de
sublevación de los levantiscos barones de las
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