Page 229 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Tras salir del baño, Pérdicas se puso una túnica
blanca y sobre ella un faldar y una coraza de cuero
repujado. De vuelta al atrio, la criada que cuidaba a los
niños los trajo para que saludaran al general. Primero
se acercó Neoptólemo, un muchacho que a sus nueve
años sonreía pocas veces, lo contemplaba todo con la
mirada grave de un filósofo y estaba obsesionado con
la muerte. Pérdicas esperaba que tal preocupación no
significara futura cobardía en el campo de batalla; para
un príncipe macedonio no podía haber mayor pecado.
—¿Has cuidado bien de tu madre? —le preguntó
Pérdicas, apretándole ambos hombros.
—Sí, padre —respondió él muy serio.
Al casarse con Cleopatra, Pérdicas había adoptado
legalmente a los dos hijos de su difunto marido. Ahora
se acercó Cadmia, que tenía ocho años y había nacido
ya después de la muerte de su padre, una preciosidad
de cabellos rubios como su tío Alejandro y ojos azules
como su madre, que llevaba de la mano a su
hermanastra Berenice. Pérdicas le dio un beso a
Cadmia y luego cogió en brazos a Berenice. Todo el
mundo decía que era su viva imagen, aunque Pérdicas
no era bueno sacando parecidos entre una niña de tres
años y un hombre ya adulto como él.
—¿Has visto a Argo, papá? —le dijo la niña con su
media lengua.
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