Page 236 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Roma,  pero  hacía  más  de  un  siglo  que  ningún  Julio

            inscribía su nombre en los Fastos Consulares. Ahora, el


            tribuno le prometió a Venus:


                  —Las  cosas  van  a  cambiar,  madre.  Mi  hora  ha

            llegado.


                  —La  diosa  está  satisfecha  —declaró  el  arúspice


            cuando terminó de examinar las entrañas de la víctima,

            tarea rápida dado su exiguo tamaño.


                  Tras  los  sacrificios,  Gayo  ultimó  los  preparativos

            para la partida hacia Roma. Ya lo había organizado casi


            todo el día anterior, aprovechando que aún conservaba

            el  imperium.  Mientras  el  gigantesco  barco  de  dos


            cascos y tres mástiles terminaba de arder y se hundía

            en el horizonte, empezaron a llegar a la playa decenas

            de  náufragos  exhaustos,  junto  con  los  cadáveres  de


            quienes  no  habían  conseguido  nadar  tanta  distancia.

            Los legionarios fueron capturando a los supervivientes


            y los reunieron con el resto de los prisioneros. Entre los

            remeros  del  barco  y  los  soldados  macedonios  que

            habían  sobrevivido  a  la  batalla,  Gayo  se  había


            encontrado con más de doscientos cautivos. Con todo,

            eran muchos más los muertos; según habían declarado

            varios  prisioneros,  en  la  nave  que  los  había  llevado


            hasta el Circeo viajaban casi dos mil personas.


                  Gayo tenía prisa por volver a Roma. No podía ser

            casual  que  el  médico  más  célebre  del  orbe  hubiese


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