Page 29 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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si descubría el adulterio se limitaría a repudiarla, e
incluso era posible que soslayara el asunto por no
volver a agitar el avispero de Bactria y Sogdiana. Pero
el destino ineludible de Pérdicas sería un pelotón de
lanzas.
O muere él, o muero yo.
Dejaron a su derecha la mole de Etemenanki.
Pérdicas pensó qué diría si al llegar al palacio se
encontraba con Alejandro. No pasa nada, se repetió:
eran muchos los altos oficiales que por las noches se
perdían por los callejones para explorar los placeres de
la ciudad de la lujuria.
Lo que habría parecido impensable era que la mujer
de Alejandro también se escabullera en la noche
acompañada de un solo sirviente, por forzudo que
fuese éste. Pero Roxana era mucha Roxana para tenerla
encerrada en un harén, y su condición como única
esposa del rey en Babilonia (Estatira seguía en Susa) era
muy distinta de la del resto de las mujeres del serrallo,
una herencia de los tiempos de Darío con la que
Alejandro no sabía muy bien qué hacer. El rey tenía tan
descuidado el harén que, a sus espaldas, los eunucos lo
habían convertido en un prostíbulo de lujo para
magnates babilonios y nobles persas y macedonios.
Eso le recordó el asunto de la cortesana para el
banquete.
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