Page 32 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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griegos y macedonios, no estaba bien vista en Asia.
—Toma esto —le dijo Pérdicas a Epiboas,
tendiéndole una bolsa llena de dáricos de oro—. Gasta
lo que sea necesario. Puedes quedarte con lo que sobre,
pero no seas avaricioso.
El oficial sopesó la bolsa, que tintineó entre sus
manos, y sonrió.
—No lo seré, general.
Pérdicas le palmeó la espalda.
—Si todo va bien, pronto mandarás tu propio
batallón. Serás mi hombre de confianza, Epiboas.
Llegaron ante el palacio de Nabucodonosor. Tras
dar el santo y seña a los guardias, cruzaron bajo una
puerta de ladrillos esmaltados en azul y flanqueada
por toros alados; no era tan grande como la entrada
principal del ala este, pero aún así resultaba
imponente. Atravesaron un largo corredor alumbrado
por hachones y llegaron al cuarto patio, donde se
encontraban los alojamientos de Alejandro y sus
oficiales más allegados. Pérdicas levantó la mirada y
vio luz en los aposentos del rey. Antes, cuando
Alejandro era Alejandro y su capacidad de trabajo
resultaba aún más asombrosa que la de su padre Filipo,
Pérdicas se habría apostado la mano derecha a que
estaría reunido con el almirante Nearco ultimando
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