Page 33 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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preparativos para la próxima expedición a Arabia. Pero

            ahora,  lo  más  probable  era  que  estuviese  de


            francachela, bebiendo hasta desplomarse.


                  Pérdicas se alojaba en la parte oeste de aquella ala,

            en unos apartamentos con vistas al Éufrates. Cuando


            despidió  a  Epiboas  y  a  los  masagetas  y  subió  las

            escaleras le salieron al encuentro dos de sus guardias.

            Entre ellos venía una criada persa que al verle se llevó


            las manos a la cara y se arañó las mejillas:


                  —¡Ay, señor, señor! ¡Qué desgracia!


                  —¿Qué ocurre?


                  —¡Tu esposa, señor! ¡Qué desgracia!


                  Pérdicas siguió a la criada hasta la alcoba de Amitis.


            Todos  los  candelabros  estaban  encendidos,  y  para

            llegar a la cama tuvo que apartar a empujones al resto

            de  las  criadas.  Un  médico  anciano  y  flaco  al  que  no


            conocía de nombre le miró con ojos de terror, sin duda

            temiendo sufrir el mismo destino de Glaucias, el físico

            que no acertó a curar la enfermedad de Hefestión.


                  La  cama  estaba  deshecha  como  si  la  hubiera


            pisoteado  medio  batallón  de  hoplitas.  Pero  su  única

            ocupante era su esposa Amitis, vestida con un sayo de


            dormir que en las convulsiones se le había subido hasta

            medio muslo. Se había quedado de lado, con los pies

            enredados  en  un  nudo  del  cobertor,  los  talones  y  la




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