Page 31 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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separación no habían mejorado sus relaciones. Dos
semanas antes, Casandro había llegado a Babilonia con
mensajes de su padre, que llevaba doce años
gobernando Macedonia como regente. Su entrada no
había sido precisamente triunfal. Al llegar al salón del
trono, lo primero que encontró fue que Alejandro
usaba un escabel de plata para que no le colgaran los
pies, pues era más bajo que el difunto Darío, de modo
que su comentario «¡Oh, Alejandro, no me extraña que
en Grecia te empiecen a llamar El Grande!» sonó
demasiado sarcástico. Después, al ver que los
cortesanos medos y persas se postraban en el suelo ante
el antiguo compañero de estudios al que había
derribado en el polvo de la palestra más de una vez, no
pudo contener las carcajadas. Alejandro, en un ataque
de furor de aquellos a los que últimamente era
propenso, había saltado del trono para agarrar a
Casandro del pelo y estamparle la cabeza contra una
columna.
Desde entonces, todos los que tenían oídos para oír
habían escuchado las lindezas que soltaba Casandro
sobre el rey: loco sanguinario, bastardo endiosado,
borracho, sodomita corrompido por el oro persa... Sus
amigos habían insistido en que abandonara Babilonia
cuanto antes para evitar males mayores, pues la
parresía, esa libertad de palabra de la que alardeaban
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