Page 34 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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nuca arqueados hacia atrás, las mandíbulas apretadas

            y los ojos abiertos.


                  —Debe  de  haber  sido  tétanos,  señor  —dijo  el


            médico, retorciéndose las manos—. Pero, ¿cómo puede

            haber ocurrido? Si hubiese sido un soldado...


                  —Tétanos —repitió Pérdicas.


                  Entonces recordó las palabras de Roxana. Ningún


            hombre que entra en mi lecho se acuesta luego con otra

            mujer.  Pero  Pérdicas  comprendió  que  no  era  ése  el

            único  mensaje  que  la  bactriana  le  enviaba.  El  más


            importante era: No te eches atrás. Mi brazo llega lejos.


                  —... los romanos son un hueso duro de roer. Según

            me han contado, tienen la disciplina de los espartanos


            y la ambición de los atenienses, y son tan numerosos

            como estos condenados babilonios —dijo Ptolomeo.


                  Lisanias nunca había oído hablar de los romanos;


            pero, para un muchacho de diecisiete años que acababa

            de incorporarse al ejército de Alejandro, aquellos tipos

            prometían  emociones  fuertes.  Hijo  de  Hipomenes,


            nacido  en  la  comarca  de  Pieria,  al  pie  del  nevado

            Olimpo, llevaba desde los catorce años educándose en

            la escuela de pajes reales de Macedonia y soñando con


            que  el  regente  Antípatro  lo  eligiera  para  enviarlo  a

            Asia.  El  momento  deseado  había  llegado  al  mismo


            tiempo que su padre volvía a Europa junto con otros




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