Page 305 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Adelantaban a campesinos con sus mujeres y sus
hijos, a pastores, a cazadores que llevaban al hombro
cervatillos aún vivos con las piernas atadas para
ofrecérselos a la diosa del santuario. —Este lugar está
consagrado a Diana —explicó Gayo—. Es vuestra
Ártemis, la diosa cazadora. —Entiendo.
—Hoy es el plenilunio central del verano, el día en
que va a cambiar el Rey del Bosque. El actual lleva
demasiado tiempo en el santuario y la gente del lugar
opina que les trae mala suerte. — Gayo señaló hacia el
cielo—. Dicen que este rey llegó a la vez que Tinia, así
que si se libran de él creen que el cometa desaparecerá.
Según ellos, el cometa emponzoña las aguas y las
cosechas, agria la leche en las ubres de las vacas y cada
vez nacen más terneros y cabritos deformes. —¿Y es
verdad? —preguntó Néstor, escéptico. Gayo se encogió
de hombros.
—En el campo siempre hay cosas que salen mal y
algunas, menos, que salen bien. Todo es cuestión de en
qué quieran fijarse los campesinos. Cuando ahora
cambien al rey del bosque, volverán a su casa, beberán
vino picado, comerán queso agrio y pan lleno de
gorgojos como si fueran manjares y dirán: «¡Ah, cómo
se nota que ahora los dioses nos sonríen!».
Néstor percibió cierto desdén en sus palabras. Gayo
Julio no parecía un romano demasiado apegado a las
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