Page 307 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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dijo Gayo. Reinaba un silencio sobrecogido en el que
podía escucharse el rumor de la fuente al precipitarse
ladera abajo hasta el lago. Sin cruzar en ningún
momento el círculo, los lugareños empujaron adelante
a siete hombres que venían con las manos atadas a la
espalda y las caras cubiertas con sacos de lona. Cuando
les quitaron las capuchas, Néstor pensó que tenían cara
de bestias acosadas. Los hombres que les habían traído
venían armados y habían formado un cordón tras ellos,
pero aún así Gayo desplegó a sus soldados para
ayudarles a controlar a los prisioneros.
—Son ladrones de ganado, o esclavos fugitivos, o
siervos que han golpeado o matado a sus amos —le
explicó a Néstor.
—¿Para qué los han traído?
—Para que uno de ellos se convierta en el nuevo
sacerdote de este santuario.
Uno de los congregados, un viejo alto y fornido que
por la seguridad con que se movía entre los demás
también debía de ser patricio, saludó a Gayo y le
consultó algo en voz baja. El tribuno contestó en
susurros, y el viejo asintió. Después pasó revista a los
siete candidatos y se decidió por el más alto de ellos,
un hombretón rubio con una espesa barba. Le cortaron
las ataduras, le pusieron en la mano una espada
herrumbrosa y le dijeron algo en un latín tan cerrado o
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