Page 306 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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tradiciones rurales, y de hecho se lo habría imaginado
mejor caminando por los populosos bulevares de
Alejandría que por aquellos senderos silvestres.
Llegaron al pie del risco. Bajo él habían levantado
un muro, en cuyos nichos ardían luces votivas. Al lado
crecía un bosquecillo de robles, uno de los cuales, el
más imponente y altivo, se erguía en solitario apartado
de los demás y rodeado por un anillo de antorchas
clavadas en el suelo. Más a la izquierda estaba el
templo de Diana, un modesto edificio de madera con
tejas de terracota, levantado sobre un zócalo que a la
vez hacía de malecón sobre la orilla del lago.
Los lugareños se agolpaban en corro desde la
entrada sur del santuario hasta la parte norte, allí
donde se precipitaba al lago la fuente Egeria, un
manantial que según Gayo pertenecía a una ninfa muy
querida por los romanos. Nadie se atrevía a pasar más
allá del círculo de fuego que circundaba el roble. Gayo
se abrió paso como un escalpelo hasta situarse en la
primera fila. Era difícil saber cuánta gente se había
congregado allí. Néstor calculó que podían ser más de
cuatrocientas personas, aunque era muy posible que
las luces de las teas y los hachones le confundieran y
dieran más impresión de multitud de la que realmente
había.
—Ese roble es más antiguo que la propia Roma —le
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